He escuchado muchas veces que no hay nada más satisfactorio que ser capaz de enseñar algo a alguien; que aquello que transmites se queda grabado para siempre en la otra persona. El placer de educar y poder dedicarse a construir el tan anisado otro mundo posible empieza en las manos de los educadores de las generaciones futuras. Por eso debemos contar con los mejores maestros.
Pero tantas veces como he escuchado hablar sobre las mieles de la educación, he sufrido sus amargos sinsabores. No hay nada más insatisfactorio que hablar a quien no quiere escucharte, que educar a quien no quiere aprender, que enseñar a quien no quiere ser enseñado. Una parte, -a la que cada día, amargamente, considero más amplia-, de las generaciones futuras no quiere escuchar, no está dispuesta a ser enseñada. La impotencia es entonces la sensación que invade al educador. Y no es problema de que no se hable la misma lengua o no se sepa transmitir, créanme que no. Tenemos jóvenes sordos ante la educación, ciegos ante el esfuerzo, y mudos ante un futuro que consideran resuleto como todos los días que han vivido hasta hoy. Ninguno de ellos ha oído nunca "La Edad del Porvenir", ni muestran ningún interés por ello.









